Aideé A. Rivas / Licenciatura en Letras, UAZ
Aideé A. Rivas / Licenciatura en Letras, UAZ

Péndulo I

Incontables fueron los sollozos que penetraron el viento, con vetusto elixir de inexorables deseos de muerte. Apagaron entonces tus lamentos pequeñas gotas de rocío, la membrana de la vida pendía de un frágil recuerdo: tu voz fragmentada en mis pupilas.

Péndulo II

Delirios del pasado devoran, mutilan, desgarran, se beben sin piedad atónitos el festín de remordimientos de las úlceras de mis yagas. Quimeras dulces sabor chocolate rodean las patas de mi cama, aquella que se devoraban los duendes. Saltan de a uno sobre el cadáver que durmió para siempre en esa cama.

Eros

Camino descalza entre pasadizos «prudentes», a la espera.

Ágil, como la gota que se forma en el grifo: lucida, tempestuosa. La veo bajar, formarse, deslizarse. Espero y deseo que termine su forma, que continúe despacio, deprisa. Que fluya y caiga sobre mi dedo. Las ansias recorren mis manos, producen cosquilleo y espero.

Disfruto el tiempo que tarda en formarse, parpadeo y el péndulo palpita, se acrece. Desafío al tiempo y a mi cuerpo, ¿cuál puede más? La gota cae y empieza el ritual

La veo posada en mi mano, completa y radiante. La acerco a mi cara y se columpia al ritmo de mi respiración. Camina sobre mí, tiene vida propia. A lo largo de mi brazo se deja, se pierde, se entrega sobre mis poros, sobre mi existencia.

Papá

La luz tan tenue se hace brillante.

Solo quedan los espasmos del adiós,

el vértigo constante, la sequedad del alma.

Las grietas se hacen yagas, mientras gotean purpuras lágrimas.

Le pedí un minuto a solas y me regalo el resto de su vida.

Pedí que se quedara, pero hacía mucho tiempo que se había ido.

La belleza de su rostro recubre mis retinas.

Todo sigue en su lugar menos él.

Huérfanos

No se puede sobrevivir al imperioso mar de cadáveres adscritos por la duda,

ni a la serena calma del despeñadero obsoleto de palabras abstraídas y segregadas por los labios como gotero.

Una a una caen las gotitas sin llenar el espacio que mengua entre la necedad y la necesidad de sentir,

y no pertenecer.

Somos un agotado síndrome de irregularidad que sugiere distanciamiento constante.

Somos los imanes de rocas tortuosas carentes de dirección.

Somos espíritus libres que piden a gritos en silencio un hogar,

una camita a la cual llegar, una toalla tibia y un regazo caliente.

Somos contradicciones paridas en vocablos limitados que sistemáticamente sugieren lo mismo.

Una vez y otra vez regresamos al lugar de origen,

como si las ataduras giraran en el mismo sentido y solo tuviéramos una vuelta contraria de prueba.

Tememos por la veracidad del punto de quiebre,

por la coherencia del deseo y la voluntad,

tenemos miedo a no errar y por eso erramos.

Tenemos miedo de amar y amamos.

Huérfanos sin hogar

descansan en el silencio de la incomodidad,

mientras nos pare el tiempo.


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