Enrique Laviada / Periodista y político
Enrique Laviada / Periodista y político

Memorias del encierro

Capítulo 9

Insomnio de una noche previa al verano

Varios personajes siguen confinados. El ambiente es aún tenso. Ya hace

calor y los jardines que se pueden observar a distancia florecen.

Cada quien hace lo posible por entender. En ese momento

aparecen reunidos en una sala. Guardan distancia.

VOZ FEMENINA –Sabes que siempre he estado en tu cabeza, no comprendo qué es lo que te extraña. Desde que naciste me encuentro aquí. Quizá no lo aceptes del todo, pero así es. No depende de tu voluntad cambiarlo ni consentirlo. Al descubrirme, te descubriste a tí mismo. Supongo que te perturba. Sin embargo, ninguno de los dos podemos hacer nada al respecto. Excepto comunicarnos. Hay quienes lo identifican como un ejercicio de conciencia. Digamos que soy tu consciencia, solo en términos ambiguos y vulgares.

VOZ MASCULINA –Lo que me ha molestado en los meses del encierro son tus preguntas. No tienes por qué hacerlo. Me fastidias.

VOZ FEMENINA –Quizá el punto es que nunca habíamos estado tan cerca una del otro. Aunque parezca una mala broma. No me toleras, a pesar de que soy de enorme ayuda para hacer tu trabajo. Mal pagas.

VOZ MASCULINA –Espero que no me acuses de misoginia.

VOZ FEMENINA –¿No debería?

NARRADOR –Mientras ustedes pierden el tiempo en discusiones estériles, el orden mundial se desquebraja. La propia idea de orden parece quedar sin sentido. Ahora sabemos que la globalización ha sido un grandioso desorden injusto y destructivo. Los mercados son los culpables de no tener conciencia. Cuando que ese fenómeno económico no existe en mismo o por mismo. Como si se tratara de un descomunal fetichismo al que nada le es indiferente, pero que hubiese pretendido ejercer una especie de gobierno superior. Los economistas discuten las causas de su deterioro como forma de regulación implícita de las relaciones sociales e internacionales. El concepto con el que se describe una condición mental, una apariencia de voluntad propia, una representación artificial deformada de la realidad, algo ilusorio respecto de las mercancías les persigue, se vuelve un verdadero fantasma. A los economistas les ha caído intelectualmente peor que a nadie en la pandemia. Los veo paralizados ante el virus. Sus razonamientos son tan exiguos que se limitan a medir las consecuencias de lo que sucede. Acaso terminen como simples contadores públicos de la desgracia.

VOZ IMAGINARIA –Me quedo con la sabiduría poética de Hölderlin.

VOZ FEMENINA. –Comprendo que les incomoda mi presencia, empero, como se dice en The New York Times: está en boca de todos que los países en los que se ha manejado mejor la crisis del virus, tienen mujeres al frente: Taiwán, Nueva Zelandia, Alemania, Finlandia, Noruega, Dinamarca, Hong Kong. En todos esos casos a ustedes les costaría un enorme esfuerzo encontrar una correlación de género. Lo comprendo. Digamos que la evidencia es que ahí se ha puesto mayor énfasis en la ciencia y menos en la intuición masculina. Que por lo demás ha sido eternamente deficitaria.

VOZ MASCULINA –El problema es político. Un pragmatismo inmisericorde ha puesto el interés de los gobiernos por encima de la vida. Coincido que en estos momentos la ciencia debería ser la continuación de la política por otros medios. No a la inversa. ¿Ves? Por fin estamos de acuerdo en algo.

NARRADOR –Me animas a cometer otra imprudencia. Si en la decimoprimera impaciencia alguien dijo: los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, cuando de lo que se trata es de transformarlo. Habría que actualizarlo para decir: los filósofos no han hecho más que improvisados ejercicios para transformar al mundo de diversos modos, cuando de lo que se trata es de salvarlo. Y, además, salvarlo de nosotros mismos. En los próximos tiempos el concepto de salvación tendrá todo su significado completo, mucho muy superior, en tanto conocimiento de los fines, que el anteriormente en boga, que hablaba de transformación, de diversas formas.

(Se forma un barullo adentro de la casa)

VOZ MASCULINA –Nunca vi algo tan denigrante.

VOZ FEMENINA –Tal vez no querías verlo.

VOZ MASCULINA – Lo dices tú, infecunda, que no haces sino preguntas dentro de mi cabeza, sin atreverte a salir.

VOZ FEMENINA –Siempre que salgo de tu cabeza y me convierto en parte de tu vida, digamos en la parte más íntima, la que nadie conoce, hago esfuerzos por convencerte de que la dignidad es el grado último de la existencia humana. No lo olvides. Por ese grado se vive o se muere. Es ese nivel por el cual podemos considerarnos seres racionales. Se trata del principal valor inherente a la humanidad por el hecho de serlo, y que nos dota de libertad. Me importa sobre todo que no se trata de un don divino o de una cualidad otorgada por alguien, sino de una cualidad consustancial al libre albedrío de los seres humanos. Y en especial a su parte femenina.

VOZ IMAGINARIA –Eso es bello y radical.

VOZ MASCULINA –Nadie lo niega. Lo que irrita es la forma subrepticia de su existencia.

VOZ FEMENINA –La clandestinidad no es mi mejor aliento.

VOZ MASCULINA –¡Estás en mi cabeza!

NARRADOR –Me permito interrumpirles. Les informo que hace unas horas se ha decretado el regreso a la normalidad. Ahora sólo nos falta saber qué carajos entienden los dignatarios por eso. De mi parte cuenten con una honrada incertidumbre puesta a su disposición. No creo que sea el mejor momento para fomentar la rebelión de las masas. Habría que someternos al deseo de ser libres de mantenernos a raya. Los mercados no mandan. El destino de las fuerzas productivas no se encuentra en la economía de guerra. La microbiología es la alternativa racional al armamentismo. A menos que no se entienda que podemos extinguirnos y entonces sería difícil encontrar alguien a quien matar. No es el final de la historia, sino el final de la guerra como eje de la historia.

VOZ FEMENINA –Llegó el momento.

El Narrador se aleja. Sólo queda la

Voz Imaginaria en medio de la casa. Impera el silencio.

VOZ MASCULINA –No tengo nada más que decir.


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