César Eduardo Gutiérrez Rojas / Analista en temas de la sociedad civil.
César Eduardo Gutiérrez Rojas / Analista en temas de la sociedad civil.

Que las cumbias vuelvan a sonar, que el disentir no se calle por miedo al rechazo y que la libertad signifique ser diferente.

Ya no estoy aquí se posicionó como una de las películas más vistas en la plataforma Netflix. Estos rodajes pueden romantizar la desigualdad sin ser su objetivo, como sucedió con Roma de Alfonso Cuarón. Desde mi perspectiva, la cinta dirigida por Luis Frías no lo permite, contrario a la diversidad de lecturas que propone el lenguaje cinematográfico.

El filme tiene como protagonista a Ulises, un joven de 17 años originario de Monterrey, N.L., específicamente de una colonia periférica del centro del poder, donde el “derecho” a la seguridad pública, humana y ciudadana no existen, demostrando la incapacidad del estado mexicano en sus tres poderes (Ejecutivo, Legislativo y Judicial) y en sus tres niveles (Federal, Estatal y Municipal).

Ulises es el líder, por su habilidad artística, de una banda de adolescentes: “Los Terkos”, reconocidos por su afición y práctica de las cumbias colombianas “rebajadas”, atributo adquirido en Monterrey, creando un estilo, no sólo por su gusto musical, sino también en su forma de vestir, denominándoles “kolombias” o “cholocumbias”. La cinta nos permite ver rituales de iniciación como: cortes de cabello y sobrenombres que aluden a condiciones físicas o vestimenta, caso de “La Chaparra” o “El Sudadera”. También se observa cómo el baile es una práctica que les diferencia, les permite apropiarse de su cuerpo, del espacio público, y les aísla de otras actividades que se desarrollan en su contexto: el consumo de drogas y el involucramiento, por sobrevivencia, con el crimen organizado.

La historia se desenvuelve durante el sexenio de Felipe Calderón, donde la estrategia de seguridad favoreció enfrentamientos entre asociaciones delictivas, las cuales encontraron, en ámbitos desprotegidos, espacios para desarrollarse y reclutar personas para sus fines delincuenciales. Es a partir de este fenómeno que, no sólo en Monterrey, sino en gran parte del país, incluyendo Zacatecas, paulatinamente bandas de jóvenes que socializaban en la calle fueron secuestrados por narcotraficantes, obligándolos a trabajar para ellos: la esclavitud del siglo XXI.

Ese fue el motivo por el que Ulises, haciéndole honor a su nombre, es forzado a emprender una odisea rumbo a Estados Unidos, no con el fin “glorioso” del “sueño americano”, sino para salvaguardar su vida y la de su familia, luego de un atentado donde se vio involucrado por mala suerte o porque tarde o temprano, su “realidad” le iba a propiciar atestiguar hechos que le pusieran en peligro.

En Estados Unidos es violentado por su identidad, principalmente por mexicanos que le excluyen al ejercer su derecho a ser diferente, a la libertad, a disentir de los gustos y rituales hegemónicos, propiciando su rechazo y desprotección. Así como también ser considerado un “objeto” extravagante que resiste ante la cultura del país donde está radicando, alimentando su deseo de volver con su “clicka” a través de recuerdos manifestados con sueños y ensoñaciones representadas en frustrados bailes en el metro o en las calles del distrito neoyorquino de Queens, hasta que, como un mecanismo de protección, se despoja de sus símbolos para luego regresar a un lugar que ya no le significa, donde ya no existen “Los Terkos”.

Ya no estoy aquí, en una de sus tantas interpretaciones, es una película que refiere a la sociedad que excluye a toda manifestación cultural que se contrapone a la hegemónica, la cual es constituida a través de la educación formal, asociaciones, medios de comunicación y demás organismos civiles que propician la dominación de ciertos sectores, en este caso: personas blancas, urbanas, clases medias-altas, posicionando sus “valores” como status quo. En teoría, nuestro sistema debe defender y fortalecer la diversidad como ejercicio de la libertad individual y colectiva. Sin embargo Ulises, “Los Terkos” y los “Kolombias” nos muestran que quien cuestiona a las instituciones dominantes, siendo minoría y desde abajo, sufre rechazo, marginación y violencia.

Otro punto que la película alude es cómo el ideal liberal, o mejor dicho, el mito de la movilidad social, no corresponde con el esfuerzo que se realiza, sino que está sujeto a realidades, contextos y categorías que condicionan las posibilidades para el desarrollo humano íntegro, fortaleciendo la propensión a ser víctimas de violencias sistémicas, puesto que ser una persona blanca, citadina, heteronormada, que vive en una casa con servicios públicos y garantía laboral, tiene todas las posibilidades de ser incluida en los espacios comunes, formar esferas públicas y participar políticamente representando a las diversidades que invisibiliza.

Al terminar de ver la película, no pude dejar de asociarla, evidentemente desde mi privilegio, a las escenas donde cuerpos policiacos y militares interrogan, revisan y desalojan a jóvenes de espacios públicos sólo por su aspecto “contracultural”. Es evidente: se les niega el derecho a apropiarse del espacio común con el baile, como “Los Terkos”; de dialogar sobre temas públicos con rimas o simplemente sentir seguridad al estar lejos de sus barrios, secuestrados por el crimen organizado, y antes que ellos, por la marginación, la desigualdad y el abandono de un sistema que les criminaliza y rechaza sólo por ejercer la diversidad.

Que las cumbias no callen más…

Foto tomada de internet

Netflix


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