David H. López
David H. López

Se presenta en un reportaje de televisión la increíble historia de Clayton Bigsby, un líder del supremacismo blanco, quien vive en alguna población rural del sur de los Estados Unidos.

El presentador, un tal Kent Wallace, acude a la vivienda del protagonista, una típica casa de madera donde aparece sentado en una mecedora un hombre invidente de raza negra, acompañado de su esposa blanca. El tal es Clayton Bigsby, a quien le han publicado diversos libros con contenido supremacista. Al indagar sobre la razón por la cual, siendo su color negro, odia a todos los de su raza, además de homosexuales, judíos, mexicanos, árabes, orientales (entre otros), la razón es sencilla: desde niño ignora su color. El periodista indaga la razón de ese ocultamiento en su formación y acude a su lugar de crianza: el Orfanatorio Wexler para niños invidentes, donde la directora relata que para hacerle la vida llevadera al pequeño Clayton decidieron ocultarle a el y sus compañeros, que su raza es negra. “¿Nunca lo cuestionó?” se le pregunta, a lo que la institutriz responde, “¿Por qué lo haría?”.

Al cuestionar a su mejor amigo el por qué no dice a Clayton la verdad, responde, “es muy importante para el movimiento; además, está tan comprometido con la causa que, si se entera de que es negro, se mataría, para que así haya uno menos; su compromiso es así de profundo”. “Me abruma la ironía”, responde el entrevistador.

Cuando Clayton Bigsby se presenta ante su audiencia de supremacistas para una firma de libros lo hace enfundado en una toga y capucha del Ku Klux Klan y arengando mensajes racistas con un remate, “White Power” (¡Poder Blanco!).

El documental avanza hasta su desenlace y si el lector no se percató hasta ahora, es una pieza cómica y es protagonizada por Dave Chapelle. https://bit.ly/2NGcFr1 Desde que salió al aire en 2003 por Comedy Central, el personaje ficticio se convirtió en referente de la cultura popular. Desde entonces, un “Clayton Bigsby” se considera a personas que, invidentes o no, odian a los de su propia raza.

Relato todo esto porque a raíz de mi colaboración anterior se me cuestionó mi especial señalamiento hacia el enfoque políticamente incorrecto de Dave Chapelle, como si de mi parte hubiera alguna forma de reserva. No hay tal.

Relaté el scketch en cuestión porque deseaba abundar en un asunto de gran interés para quienes leemos, producimos y en general disfrutamos del análisis político y social. La pieza de Dave Chapelle sigue siendo legendaria y hoy en día sigue haciéndonos reír porque no apela a insultos fáciles, sino se burla del racismo en la raíz de su ironía. Hace una semana comentábamos sobre la importancia de que exista crítica y sátira política. Desde que nació nuestro país la picaresca colectiva ha utilizado todo tipo de lenguajes: musical, gráfico, escrito, teatral y más recientemente, el audiovisual.

Los límites los establecen las leyes de la corrección política, que en muchos momentos establece sanos límites a lo ofensivo, pero en otros tantos se erige en un secular fariseísmo.

¿Debe tener límites la libertad de expresión? Karl Popper dijo que no y no pocos liberales cuestionan su “paradoja de la tolerancia”, donde sólo se admite la intolerancia contra los intolerantes, lo que suena bien, salvo por un detalle resbaladizo, ¿Qué es ser intolerante?

De vuelta al affaire Chumel Torres, nos quedan varias preguntas: ¿De qué fue víctima el chihuahuense? ¿Su programa en HBO habrá sido objeto de las oscuras gestiones de Palacio Nacional para sacarlo del aire? ¿Su estilo habrá sido reo de muerte de la “paradoja de la tolerancia”? o ¿De plano lo habrán quitado por ofensivamente malo? Terminaremos a la próxima.


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